Luego del fin de semana largo Funes ya no camina con la misma tranquilidad. El aire se volvió pesado este lunes por la tarde, cuando lo que comenzó como una búsqueda desesperada de familiares y amigos terminó con la confirmación de la peor de las sospechas. Ramiro Nast, el joven de 23 años que semanas atrás probó suerte en la carnicería del supermercado Arcoiris, fue encontrado sin vida.
Su cuerpo, oculto con una crueldad difícil de digerir, yacía dentro de una heladera arrojada en un zanjón en Paysandú y Tomas de la Torre, a la altura de la Garita 16, el mismo lugar donde las cámaras de seguridad lo registraron por última vez antes de que el mundo perdiera su rastro.
Todo comenzó la noche del jueves, cuando Ramiro cerró la puerta de su casa con la ilusión de quien sale a celebrar un cumpleaños. Llevaba consigo un paquete, un detalle que hoy cobra un peso magnético para los investigadores.
Las cámaras de la Central de Monitoreo capturaron sus últimos movimientos con una nitidez dolorosa: caminó unas cuadras hasta ser interceptado por una motocicleta de 110 cilindradas. Allí, un hombre cuya identidad aún es un enigma lo esperaba. Ramiro subió y ambos emprendieron un viaje por Ruta 9 e Yrigoyen hacia el oeste, perdiéndose de vista precisamente en el sector donde, cuatro días después, el destino revelaría su cara más amarga.
El operativo de rescate fue una herida abierta frente a los ojos de la comunidad. Durante horas, los bomberos trabajaron intensamente bajo la luz de las linternas y el asombro de los vecinos para retirar la heladera de la densa vegetación del zanjón. En el lugar, el silencio solo era roto por los sollozos de su madre y sus amigos más cercanos, quienes permanecieron allí, firmes, esperando un milagro que no llegó.
Entre los presentes, se escuchó una frase que retumba en los pasillos de la justicia: “Si no hubieran dado datos del lugar, hubiera sido imposible dar con el cuerpo”. Alguien sabía dónde estaba Ramiro, pero prefirió esperar a que la tragedia fuera irreversible.
Detrás de la imagen del carnicero amable y el chico querido por sus pares, asoma un trasfondo complejo que la justicia intenta desentrañar. Las deudas y los problemas con personas que comercializan sustancias en la zona emergen como la hipótesis más firme. Su propia madre, con la valentía que sólo da el dolor extremo, no dudó en señalar ante los medios que en ese barrio la venta de drogas es una realidad que devora jóvenes.
Esa misma noche del hallazgo, un nutrido grupo de jóvenes se acercó a contener a los padres de la víctima; un gesto que, aunque humanamente valorable, despertó suspicacias. Muchos decían no conocerlo bien, pero su cercanía física y emocional con la familia sugería un vínculo difícil de explicar, alimentando la teoría de un “pacto de silencio” nacido del miedo o de la complicidad de un entorno que conoce más de lo que declara.
Ramiro Nast salió a un festejo y encontró un final que nadie merece. Mientras la investigación busca cerrar los cabos sueltos sobre cómo fue el asesinato y quiénes fueron los responsables materiales, aunque uno de los tres detenidos será el principal autor del homicidio, Funes intenta procesar que uno de sus hijos fue arrebatado por una violencia que suele parecer ajena, pero que esta vez golpeó justo en el corazón de la ciudad.
















































