Funes sigue conmovida por el profundo dolor tras el hallazgo del cuerpo de Ramiro Nast, el joven que era buscado intensamente desde el pasado fin de semana. Lo que comenzó como una denuncia por paradero terminó revelando una trama oscura de consumos problemáticos, deudas y una peligrosidad latente que, según fuentes vinculadas a la investigación, se habría abordado de manera distinta si todos los datos hubieran estado sobre la mesa desde el primer minuto.
El operativo se activó formalmente el domingo, cuando Yanina, la madre de Ramiro, radicó la denuncia en la Comisaría 23ª. A partir de allí, se puso en marcha una maquinaria de trabajo conjunto que involucró al sistema de Monitoreo de Funes, a la policía local y a la regional. En una muestra de transparencia y celeridad tecnológica, las autoridades municipales acompañaron a la madre a la Central de Monitoreo para desandar el camino de su hijo. Las cámaras, con una nitidez que hoy resulta dolorosa, registraron el jueves por la noche cómo Ramiro caminaba unas cuadras antes de ser interceptado por una motocicleta de 110 cilindradas. En las imágenes se observa al joven subir al vehículo conducido por un hombre cuya identidad es aún materia de investigación, para luego emprender un viaje por ruta 9 e Yrigoyen hacia el este, perdiéndose de vista definitivamente a la altura de la garita 16.
Sin embargo, el clima de la búsqueda cambió drásticamente el lunes. Hasta ese momento, las autoridades manejaban la hipótesis de una ausencia voluntaria, un fenómeno relativamente común en la zona donde jóvenes se retiran de sus hogares por conflictos familiares para regresar a los pocos días. Pero la aparición de un dato crucial transformó la causa en “prioridad uno”: Ramiro tenía problemas de consumo de sustancias y había estado bajo tratamiento con el equipo municipal de Consumos Problemáticos semanas atrás. Este antecedente, desconocido inicialmente por los investigadores del operativo de búsqueda, encendió las alarmas de un peligro inminente. La certeza de que el joven se movía en entornos de vulnerabilidad y riesgo cambió el enfoque del rastreo liderado por el inspector de zona, Walter Mesa, quien junto al personal de calle y la fiscalía de turno intensificó las tareas de campo.
La investigación avanzó sobre el círculo de allegados del joven, lo que permitió identificar a dos mujeres señaladas por vincular a Ramiro con “gente de mal vivir”. Ambas fueron detenidas por su presunta relación con el hecho. Poco después, las fuerzas de seguridad lograron la captura del principal sospechoso del homicidio, un hombre de 29 años. En el lugar del hallazgo, bajo una lluvia persistente que terminó de oscurecer la jornada del lunes, el rumor de una posible conexión con el clan Cantero sobrevoló la escena del crimen. Si bien el personal policial no confirmó ni desmintió oficialmente este vínculo, la sombra del narcotráfico y las deudas derivadas del consumo organizado marcan el pulso de las hipótesis que maneja la fiscal Noelia Navone.
El caso Nast deja una herida abierta en la comunidad y una lección amarga sobre la importancia de la información temprana en las desapariciones de personas. El despliegue municipal y policial fue total, pero el estigma que suele rodear a las adicciones retrasó la entrega de un detalle que podría haber direccionado el operativo con mayor urgencia desde el primer jueves. Hoy, Funes no solo llora a un joven, sino que se enfrenta a la realidad de una problemática de consumo que, cuando se cruza con la criminalidad, no da segundas oportunidades.
















































